Cada mañana antes de ir al colegio Luisito pasaba por delante del estudio de fotografía de D. Esteban pegando su nariz al escaparate. Y cada mañana D. Esteban le saludaba de la misma forma:
- Julito me vas a borrar el cristal.
Y Julito le contestaba: - D. Esteban, es que así las veo mejor.
- No será que necesitas gafas. Claro que, lo que le faltaba a tu madre, que necesites gafas.
D. Esteban vivía solo en el tercer piso del edificio contiguo, al cual se accedía a través del patio. No era muy mayor, aunque comenzaban a asomar ciertas canas por su pelo y algunas que otra arruga en su cara. Le gustaban los niños y sentía simpatía por el niño. Por eso, abusaba de su amabilidad, y todos los días se paraba a mirar aquella fotografía situada encima de un caballete, donde tres chicas con sus cámaras en la mano le sonreían. Le resultaba difícil decidir cuál de las tres le haría la primera fotografía. Y para fotografías estaba su madre, trabajando de sol a sol. Cada tarde al llegar a casa, los deberes quedaban aparcados encima de la mesa hasta que su madre se lo recordaba y al terminar se sentaba a su lado para contarle lo maravillosas que eran las cámaras. Ella sabía de su afición y siempre le recordaba;
-No quiero que molestes a D. Esteban. Tu deber ahora es estudiar y cuando seas mayor hablamos de las cámaras.
-Mamá ya sabes que no lo hago, solo las miro.
Se convirtió en una obsesión, hasta tal punto que se pasaba las horas frente al escaparate. Cualquier cosa le servía, una caja de cartón sería la cámara, un cartucho de hilo, el objetivo y un corchete, el pulsador. Se ponía de pie y alrededor de su madre se movía cual fotógrafo experto. Un día, aquella cámara fabricada por él, la llevó al colegio. Y en un descuido Jaime, el hijo de Dª Patro la portera del colegio, se la quitó en el recreo, pisoteándola delante de los compañeros. Las risas y burlas minaron la paciencia de Julio.
- Vaya mierda de cámara, gritaban casi al unísono.
La rabia se apoderó de él, de tal forma que se lió a tortas con Jaime poniéndole un ojo morado. Julio no era un chico conflictivo, aquello pudo con él. Esa misma mañana D. Pedro el director del colegio, que llevaba media vida dedicado a la enseñanza y que sentía verdadero cariño hacia Julito, le dolió tener que llamar a su madre para comunicarle lo sucedido. El castigo no fueron azotes, ni tardes sin merienda. A esto ya estaba acostumbarado alguna que otra vez, muy a pesar de su madre. El castigo fue estudiar y no volver a pasar por delante del estudio de fotografía. Ni hacer mas cámaras con las cajas de los hilos. Eso para él era mas doloroso que una tanda de azotes.
Creció entre hilos, alfileres y telas. Nunca supo coser un botón.
- Julito me vas a borrar el cristal.
Y Julito le contestaba: - D. Esteban, es que así las veo mejor.
- No será que necesitas gafas. Claro que, lo que le faltaba a tu madre, que necesites gafas.
D. Esteban vivía solo en el tercer piso del edificio contiguo, al cual se accedía a través del patio. No era muy mayor, aunque comenzaban a asomar ciertas canas por su pelo y algunas que otra arruga en su cara. Le gustaban los niños y sentía simpatía por el niño. Por eso, abusaba de su amabilidad, y todos los días se paraba a mirar aquella fotografía situada encima de un caballete, donde tres chicas con sus cámaras en la mano le sonreían. Le resultaba difícil decidir cuál de las tres le haría la primera fotografía. Y para fotografías estaba su madre, trabajando de sol a sol. Cada tarde al llegar a casa, los deberes quedaban aparcados encima de la mesa hasta que su madre se lo recordaba y al terminar se sentaba a su lado para contarle lo maravillosas que eran las cámaras. Ella sabía de su afición y siempre le recordaba;
-No quiero que molestes a D. Esteban. Tu deber ahora es estudiar y cuando seas mayor hablamos de las cámaras.
-Mamá ya sabes que no lo hago, solo las miro.
Se convirtió en una obsesión, hasta tal punto que se pasaba las horas frente al escaparate. Cualquier cosa le servía, una caja de cartón sería la cámara, un cartucho de hilo, el objetivo y un corchete, el pulsador. Se ponía de pie y alrededor de su madre se movía cual fotógrafo experto. Un día, aquella cámara fabricada por él, la llevó al colegio. Y en un descuido Jaime, el hijo de Dª Patro la portera del colegio, se la quitó en el recreo, pisoteándola delante de los compañeros. Las risas y burlas minaron la paciencia de Julio.
- Vaya mierda de cámara, gritaban casi al unísono.
La rabia se apoderó de él, de tal forma que se lió a tortas con Jaime poniéndole un ojo morado. Julio no era un chico conflictivo, aquello pudo con él. Esa misma mañana D. Pedro el director del colegio, que llevaba media vida dedicado a la enseñanza y que sentía verdadero cariño hacia Julito, le dolió tener que llamar a su madre para comunicarle lo sucedido. El castigo no fueron azotes, ni tardes sin merienda. A esto ya estaba acostumbarado alguna que otra vez, muy a pesar de su madre. El castigo fue estudiar y no volver a pasar por delante del estudio de fotografía. Ni hacer mas cámaras con las cajas de los hilos. Eso para él era mas doloroso que una tanda de azotes.
Creció entre hilos, alfileres y telas. Nunca supo coser un botón.
Perdió la niñez. Estudió a trompicones y nada mas graduarse estalló la guerra. Julio tuvo que marchar al frente. Nada le hizo olvidarse. Y un día de permiso mientras celebraba su cumpleaños, su madre dejó sobre la mesa una caja.
De la emoción abrazó de tal manera a su madre que por poco la parte en dos. Por supuesto, la
primera fotografía fue para ella. Y la segunda, para el desastre que causó la última
bomba caída casi en sus pies, dejando desolación y tristeza. Con aquella fotografía ganó su primer concurso, su primer sueldo y su
reconocimiento como fotógrafo.
Una
cámara de fotos cambió su destino.
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