Amanece y un tímido sol toca suavemente en el cristal. Me estiro,
enroscándome más entre las sabanas. Con gran esfuerzo consigo sacar un pie
primero y luego el otro. Amodorrada todavía, me levanto y abro despacio las
cortinas. El sol, como un niño maleducado, pasa a empujones porque quiere ser el primero en inundarlo
todo de luz. En un acto reflejo mis manos acuden raudas a tapar mis delicados
ojos. Me pongo un chal sobre los hombros y me dirijo a la cocina a preparar
café. Mientras lleno el tanque de agua un suave gorjeo llama mi atención. Una
vez más no deja de sorprenderme el maravilloso paisaje que tengo ante mí.
Rodeada de montañas y todo un inmenso bosque donde hacer su nido, dos
pajarillos deciden cortejarse en el alfeizar de mi ventana. Cojo el pan que hay
sobre la mesa y salgo al jardín a esparcir las migas. La brisa fresca acaricia
mi rostro dándome los buenos días y los pajarillos de los alrededores vienen en
bandada a dar cuenta de los pequeños trozos que he ido dejando caer. Mis pies
descalzos, notan las frías gotas de rocío que aún no absorbió la tierra. Abro
los brazos e inspiro el suave aroma de la naturaleza. En el cielo, una pequeña
mancha blanca me hace pensar, que tal vez esta tarde, llueva.