Amanece y un tímido sol toca suavemente en el cristal. Me estiro,
enroscándome más entre las sabanas. Con gran esfuerzo consigo sacar un pie
primero y luego el otro. Amodorrada todavía, me levanto y abro despacio las
cortinas. El sol, como un niño maleducado, pasa a empujones porque quiere ser el primero en inundarlo
todo de luz. En un acto reflejo mis manos acuden raudas a tapar mis delicados
ojos. Me pongo un chal sobre los hombros y me dirijo a la cocina a preparar
café. Mientras lleno el tanque de agua un suave gorjeo llama mi atención. Una
vez más no deja de sorprenderme el maravilloso paisaje que tengo ante mí.
Rodeada de montañas y todo un inmenso bosque donde hacer su nido, dos
pajarillos deciden cortejarse en el alfeizar de mi ventana. Cojo el pan que hay
sobre la mesa y salgo al jardín a esparcir las migas. La brisa fresca acaricia
mi rostro dándome los buenos días y los pajarillos de los alrededores vienen en
bandada a dar cuenta de los pequeños trozos que he ido dejando caer. Mis pies
descalzos, notan las frías gotas de rocío que aún no absorbió la tierra. Abro
los brazos e inspiro el suave aroma de la naturaleza. En el cielo, una pequeña
mancha blanca me hace pensar, que tal vez esta tarde, llueva.
Escritores de Historias
jueves, 5 de febrero de 2015
martes, 16 de diciembre de 2014
HACE DÍAS QUE NO ESTÁ
Si no fuera por que al miranos se paró el mundo. Un impulso eléctrico recorrió mi cuerpo como si de un rayo se tratara. Me quedé paralizada. No sabría expresar lo que sentí en aquel momento. Se cerró la luz en torno a ti y por mi cabeza pasó toda nuestra juventud. Besos y abrazos robados a la luz de la luna. Extendí la mano para acariciarte...
- Mama, soy yo, Ana. ¿Cómo estás?
- Hace un día estupendo vamos a pasear.
- Te he comprado un vestido y unas sandalias.
- Traigo todo lo necesario para maquillarte.
- No me habías dicho que tienes un admirador.
- Disculpe señorita Tellez, su madre ya no oye. Hace días que no está.
- Mama, soy yo, Ana. ¿Cómo estás?
- Hace un día estupendo vamos a pasear.
- Te he comprado un vestido y unas sandalias.
- Traigo todo lo necesario para maquillarte.
- No me habías dicho que tienes un admirador.
- Disculpe señorita Tellez, su madre ya no oye. Hace días que no está.
martes, 6 de mayo de 2014
RELATOS ENCADENADOS
EL
JARDINERO FIEL
Esta mañana
he vuelto a encontrar la tapa el váter levantada, la luz encendida y al gato
salir corriendo dejando un reguero que me llevaba hacia la terraza. Allí
pensaba acorralarle y cogerle por las orejas. Cuando el timbre del telefonillo
me hizo cambiar de rumbo. Al otro lado una voz cabreada y aguda me decía:
"¡Señora!, ¡que no son horas de regar!". Corrí hacia la terraza y me
encontré con Sergio sacando su pequeña manguera. ¡Ya decía yo, que mis flores
estaban mustias!
ESPERANDO
A ULISES
Aparentemente
eran una familia normal. Él tirado en un sillón mira la televisión mientras
ella le acerca un vaso de té. Temblorosa, y la voz entrecortada por las
lágrimas le dice: "no puedo más, me voy. El miedo la paraliza. Siente el
aire que la corta cuando él se levanta del sillón y sube las escaleras de dos
en dos, coge a la niña que dormita y amenaza con arrojarla por la ventana. No
se irá. Los años han arrugado su rostro, endurecido su mirada, pero le sigue
acercando el té mientras él sigue tumbado en el sillón. Se sienta en su butaca
frente a la ventana mientras hace y deshace su puzle.
GERÓNIMA
Y JUAN
Como los
ángeles al caer el sol Gerónima y Juan recuerdan su vida juntos. Nada hace
pensar que después de coronar las ruinas del Castillo de aquél pueblo
abandonado de la Sierra, me encontraría con ellos. Nadie se dió cuenta de su
presencia, sólo yo. Allí estaban, inmóviles, mientras el sol comenzaba a
ocultarse tras las montañas y sus rayos les reflejaban, parecía una visión
sobrenatural. Gerónima y Juan llevan años tumbados observando el atardecer.
El
Joven Rey Oscar Wilde
En la
guerra, los fuertes esclavizan a los débiles, y en la paz el rico esclaviza a
los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan sueldos tan míseros que
nos morimos. Trabajamos para ellos de la mañana al a noche, y mientras ellos
amontonan oro en sus cofres, nuestros hijos se marchitan antes de tiempo y los
rostros amados se vuelven duros y malos. Nosotros pisamos las uvas y otros
beben el vino. Sembramos el trigo y nuestra mesa está vacía. Estamos
encadenados aunque ningún ojo lo ve, y somos esclavos aunque los hombres nos
llamen libres.
¡QUE
DESASTRE!
Pedro, el oculista, ha salido
corriendo al oir la explosión. Una inmensa nube de polvo impedía ver lo que sucedía.
Con mucho cuidado conseguí llegar al edificio donde los vecinos salían
atropelladamente. El Sr. Ángel, salió gritando; ¡Socorro que nos invaden los
marcianos!. En un momento aquello se llenó de policías, bomberos y samur.
Parecía una pista de baile aunque el sonido no fuese el mejor para bailar.
Alcancé a ver algo que se movía entre los escombros. Una niña de ojos color
caramelo movía los labios intentando decirme algo. Me acerqué y me susurró.
-¡Yo solo quería hacer palomitas!-
CUANDO
NOS DEJAN
Hasta que decidimos volver a
colgarla en la pared, no se quedó tranquila. No le soportaba, pero ahora que se había quedado sola, aquella fotografía parecía su única compañía. Esa mañana fue una de tantas.
Nada nos hizo sospechar. Se levantó, se vistió, desayunó y se sentó en su
rincón favorito frente al ventanal. En un mullido sillón donde además de contemplar
el amanecer y el ocaso, dormitaba después de comer mecida por el rumor de las
olas. ¿Estás bien?, pregunté. Me cogió la mano apretándola ligeramente, levantó
la mirada hacia la fotografía, esbozó una sonrisa y me dijo adiós. Mientras una
amarga y triste lágrima se deslizaba por mis mejillas.
¿JUSTICIA?
Mañana va a llover. Descorrió la
cortina y un tímido rayo de sol le acarició el rostro. En el cielo de un
intenso color azul no había ni una sola mancha blanca que hiciera presagiar tal
cosa. Volvió a sentarse en su sillón, desgastado ya de tantos y tantos años
tomando declaraciones. Sobre la mesa, atiborrada de papeles aún por firmar, su
libro de memorias y la lámpara de Tiffani, el ordenador donde había aprendido
informática para no quedarse obsoleto. La vieja estantería llena de libros a
los que consultó sus pocas dudas. Un toque en la puerta le hizo volver de sus
reflexiones. Sr,¿ está preparado?, el Tribunal nos espera. ¡Ahí si, que va
haber tormenta!
FALSA
Seguimos sin hablarnos. Todo comenzó
cuando terminamos los estudios, queríamos comernos el mundo. Me propusiste que
pusierámos un negocio. Todo iba sobre ruedas coche nuevo, casa unifamiliar,
tren de vida a todo trapo. Algo me decía que abandonara el proyecto. Y lo hice.
Meses después me llamas llorando pidiéndome ayuda. Mi mala cabeza me decías. Tú
mala cabeza no, tu ganas de vivir por encima de tus posibilidades, pero no me
atreví a decírtelo. Sin embargo, me creí una vez más tus mentiras y te ayudé a
sabiendas de que aquello era invertir a fondo perdido. Me dejé embaucar, fui
incapaz de articular un no. Caí en tu inmensa tela tejida a base de engaños,
risas forzadas y palabras vacías. ¿Sigues creyendo en tu buen corazón?, no te
engañes más, nadie te dá la vuelta. Te la dás tu solita. Después de aquello
nada ha vuelto a ser igual.
UN
DOMINGO MUY ESPECIAL
¿Por cierto,
hoy es domingo?
Sí cariño, sí, hoy es domingo. Me dijo mamá, con su eterna y paciente sonrisa. Esperaba con impaciencia este dia por que era muy especial.
Para Clara, significaba estrenar vestido, dándonos todo tipo de detalles sobre el mismo y sobre la costurera, además de utilizar como pasarela, el pasillo central de la iglesia. Claro, con el beneplácito del cura. Era una niña tan mona.
Para mi, significaba mucho más. Disfrutaba (sentada en el suelo, apoyada la cabeza en sus rodillas, mientras me acariciaba el pelo), escuchando ese cuento donde yo era la protagonista. Veía a mamá tan feliz, que hubiera dado la vida por que no se marchara.
Sí cariño, sí, hoy es domingo. Me dijo mamá, con su eterna y paciente sonrisa. Esperaba con impaciencia este dia por que era muy especial.
Para Clara, significaba estrenar vestido, dándonos todo tipo de detalles sobre el mismo y sobre la costurera, además de utilizar como pasarela, el pasillo central de la iglesia. Claro, con el beneplácito del cura. Era una niña tan mona.
Para mi, significaba mucho más. Disfrutaba (sentada en el suelo, apoyada la cabeza en sus rodillas, mientras me acariciaba el pelo), escuchando ese cuento donde yo era la protagonista. Veía a mamá tan feliz, que hubiera dado la vida por que no se marchara.
UNA CÁMARA DE FOTOS CAMBIÓ SU DESTINO
Cada mañana antes de ir al colegio Luisito pasaba por delante del estudio de fotografía de D. Esteban pegando su nariz al escaparate. Y cada mañana D. Esteban le saludaba de la misma forma:
- Julito me vas a borrar el cristal.
Y Julito le contestaba: - D. Esteban, es que así las veo mejor.
- No será que necesitas gafas. Claro que, lo que le faltaba a tu madre, que necesites gafas.
D. Esteban vivía solo en el tercer piso del edificio contiguo, al cual se accedía a través del patio. No era muy mayor, aunque comenzaban a asomar ciertas canas por su pelo y algunas que otra arruga en su cara. Le gustaban los niños y sentía simpatía por el niño. Por eso, abusaba de su amabilidad, y todos los días se paraba a mirar aquella fotografía situada encima de un caballete, donde tres chicas con sus cámaras en la mano le sonreían. Le resultaba difícil decidir cuál de las tres le haría la primera fotografía. Y para fotografías estaba su madre, trabajando de sol a sol. Cada tarde al llegar a casa, los deberes quedaban aparcados encima de la mesa hasta que su madre se lo recordaba y al terminar se sentaba a su lado para contarle lo maravillosas que eran las cámaras. Ella sabía de su afición y siempre le recordaba;
-No quiero que molestes a D. Esteban. Tu deber ahora es estudiar y cuando seas mayor hablamos de las cámaras.
-Mamá ya sabes que no lo hago, solo las miro.
Se convirtió en una obsesión, hasta tal punto que se pasaba las horas frente al escaparate. Cualquier cosa le servía, una caja de cartón sería la cámara, un cartucho de hilo, el objetivo y un corchete, el pulsador. Se ponía de pie y alrededor de su madre se movía cual fotógrafo experto. Un día, aquella cámara fabricada por él, la llevó al colegio. Y en un descuido Jaime, el hijo de Dª Patro la portera del colegio, se la quitó en el recreo, pisoteándola delante de los compañeros. Las risas y burlas minaron la paciencia de Julio.
- Vaya mierda de cámara, gritaban casi al unísono.
La rabia se apoderó de él, de tal forma que se lió a tortas con Jaime poniéndole un ojo morado. Julio no era un chico conflictivo, aquello pudo con él. Esa misma mañana D. Pedro el director del colegio, que llevaba media vida dedicado a la enseñanza y que sentía verdadero cariño hacia Julito, le dolió tener que llamar a su madre para comunicarle lo sucedido. El castigo no fueron azotes, ni tardes sin merienda. A esto ya estaba acostumbarado alguna que otra vez, muy a pesar de su madre. El castigo fue estudiar y no volver a pasar por delante del estudio de fotografía. Ni hacer mas cámaras con las cajas de los hilos. Eso para él era mas doloroso que una tanda de azotes.
Creció entre hilos, alfileres y telas. Nunca supo coser un botón.
- Julito me vas a borrar el cristal.
Y Julito le contestaba: - D. Esteban, es que así las veo mejor.
- No será que necesitas gafas. Claro que, lo que le faltaba a tu madre, que necesites gafas.
D. Esteban vivía solo en el tercer piso del edificio contiguo, al cual se accedía a través del patio. No era muy mayor, aunque comenzaban a asomar ciertas canas por su pelo y algunas que otra arruga en su cara. Le gustaban los niños y sentía simpatía por el niño. Por eso, abusaba de su amabilidad, y todos los días se paraba a mirar aquella fotografía situada encima de un caballete, donde tres chicas con sus cámaras en la mano le sonreían. Le resultaba difícil decidir cuál de las tres le haría la primera fotografía. Y para fotografías estaba su madre, trabajando de sol a sol. Cada tarde al llegar a casa, los deberes quedaban aparcados encima de la mesa hasta que su madre se lo recordaba y al terminar se sentaba a su lado para contarle lo maravillosas que eran las cámaras. Ella sabía de su afición y siempre le recordaba;
-No quiero que molestes a D. Esteban. Tu deber ahora es estudiar y cuando seas mayor hablamos de las cámaras.
-Mamá ya sabes que no lo hago, solo las miro.
Se convirtió en una obsesión, hasta tal punto que se pasaba las horas frente al escaparate. Cualquier cosa le servía, una caja de cartón sería la cámara, un cartucho de hilo, el objetivo y un corchete, el pulsador. Se ponía de pie y alrededor de su madre se movía cual fotógrafo experto. Un día, aquella cámara fabricada por él, la llevó al colegio. Y en un descuido Jaime, el hijo de Dª Patro la portera del colegio, se la quitó en el recreo, pisoteándola delante de los compañeros. Las risas y burlas minaron la paciencia de Julio.
- Vaya mierda de cámara, gritaban casi al unísono.
La rabia se apoderó de él, de tal forma que se lió a tortas con Jaime poniéndole un ojo morado. Julio no era un chico conflictivo, aquello pudo con él. Esa misma mañana D. Pedro el director del colegio, que llevaba media vida dedicado a la enseñanza y que sentía verdadero cariño hacia Julito, le dolió tener que llamar a su madre para comunicarle lo sucedido. El castigo no fueron azotes, ni tardes sin merienda. A esto ya estaba acostumbarado alguna que otra vez, muy a pesar de su madre. El castigo fue estudiar y no volver a pasar por delante del estudio de fotografía. Ni hacer mas cámaras con las cajas de los hilos. Eso para él era mas doloroso que una tanda de azotes.
Creció entre hilos, alfileres y telas. Nunca supo coser un botón.
Perdió la niñez. Estudió a trompicones y nada mas graduarse estalló la guerra. Julio tuvo que marchar al frente. Nada le hizo olvidarse. Y un día de permiso mientras celebraba su cumpleaños, su madre dejó sobre la mesa una caja.
De la emoción abrazó de tal manera a su madre que por poco la parte en dos. Por supuesto, la
primera fotografía fue para ella. Y la segunda, para el desastre que causó la última
bomba caída casi en sus pies, dejando desolación y tristeza. Con aquella fotografía ganó su primer concurso, su primer sueldo y su
reconocimiento como fotógrafo.
Una
cámara de fotos cambió su destino.
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