Marinita y Pedro Felix son primos, y vaya par de
primos. Tenían aterrorizado al pueblo. En verano alquilábamos una casa en un
pueblo de la Sierra y allí nos juntábamos unos 10 ó 12 matrimonios con sus
respectivos hijos.
Durante años tuve que sufrir en mis carnes tirajones de pelo, arañazos en la
cara, desgarros en la ropa... Marinita y Pedro Felix eran mandones, pegones y se defendían entre sí como ninguno.
Mi madre tiraba mas de zapatilla, mi padre no tenía necesidad, pero en cierta ocasión tuvo que hacerlo y sé que aquella bofetada que me dió, le dolerá toda la vida. Hasta que un día me cansé.
Mi madre tiraba mas de zapatilla, mi padre no tenía necesidad, pero en cierta ocasión tuvo que hacerlo y sé que aquella bofetada que me dió, le dolerá toda la vida. Hasta que un día me cansé.
Aquella mañana mi padre nos propuso subir a
Cantagallos, una hermosa explanada a las afueras del pueblo, donde podíamos
jugar sin peligro. Pasaríamos allí la calurosa mañana de julio, cogiendo
grillos o curuxas. La curuxa, es el fruto del roble que a las avispas les
encanta horadar y a nosotros nos servía de entretenimiento. Según nos dijo mi
padre, si escarbas por donde la avispa ha hecho el agujero y le sacas el
polvillo que tiene dentro, por la noche aúllan como un lobo. En esa creencia
estábamos, cuando en lo alto de un roble divisamos una enorme.
Alguien dijo: “Tonto el último”, echando a correr
hacia ella.
Al llegar, ninguno de los cuatro conseguíamos alcanzarlo, por lo que en vez de pedir ayuda a mi padre y a
su abuelo, decidimos buscar un palo o similar que nos permitiera cogerla.
En la búsqueda estábamos cuando apareció ante mí,
el mango de un paraguas. Parece ser que todos lo vimos pero yo fui la primera
en cogerlo y en llevarme el primer porrazo. Mi hermano que ve que me están
pegando, corre en mi defensa, pero Pedro Felix le frena de un sopapo. Ante tal
agresión y sin encomendarme a nadie, les planté a los dos primos, sendos
paraguazos en su dura cabezota. Y sin preguntar que había sucedido, mi hermano
y yo nos encontramos con los cinco pedagogos de mi padre en nuestras mejillas.
Una vez mas nos tocaba perder, pero fue la última
que aquellos dos individuos nos pegaban. Al llegar a casa la bronca le tocó a
mi padre.
Dejé transcurrir unos días para que todo se
apaciguara. Y una noche invité a mis primas a dormir en casa, incluida
Marinita. Yo había hecho mis deberes preparando las curuxas. Las tenía bien
guardadas, sobre todo, para que mi madre no las viera y me las tirase a la
basura. La noche prometía ser larga. Probablemente, no nos dormiríamos a la
misma hora, pero para mi sorpresa, Morfeo quiso echarme una mano. Me aseguré
que todas dormían y me levanté con cuidado, pues las camas eran viejas y
sonaban. Pasé de puntillas por delante de la habitación de mis padres y llegué
hasta la cocina, donde en un rincón de un armario había guardado mi venganza.
Yo sabía que aquello no iba a funcionar, pero en el fondo albergaba la esperanza. Cogí mi paquetito, dí media vuelta, volví a la
habitación y las dejé debajo de la cama de Marinita. Me acosté y esperé con los
ojos como platos. Mi corazón latía tan fuerte que, en mas de una ocasión temí
que se saliera por la boca. Extenuada por la emoción me quedé dormida y en
sueños o despierta escuché el aullido de un lobo. A la mañana siguiente, me
tuvieron que despertar para desayunar todas juntas. Mis primas comentaban lo
sucedido. Marinita no se había esperado a desayunar. Había echado a correr
cagadita de miedo, diciendo que a mi casa no volvía. Miré a mi padre cuando
depositaba sonriente mi desayuno sobre la mesa.
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