Hace unos días ésta ventana estaba
abierta. Entraba y salía el aire y yo me dejaba mecer por él. Se oía el
bullicio de la gente por las noches en las terrazas dando vida al barrio.
Íbamos en manga corta, bermudas, vestidos ligeros...Ahora toca acurrucarse en
el sillón al calor de la manta, cambiar de ropa y poner el edredón para dormir
calentita. Se ha echado el otoño encima. El frío y la lluvia hacen su
aparición, el sol ya no calienta igual y se oculta antes, dando paso a la
oscuridad. Los días comienzan a ser mas cortos y un estado de melancolía lo invade todo. La gente corre de un lado para otro intentando guarecerse de las gotas
que caen. Esas gotas que repiquetean en el alfeizar y emiten un sonido como si
alguien estuviera tocando el cristal. No llueve tanto como para salpicar.
Recorro la ventana buscando lo que ocasiona ese sonido y reparo en algo que me
hace señas. Parece querer decirme que ...
- No entiendo.Hace movimientos como una azafata cuando explica el funcionamiento de los chalecos salvavidas. ¡Qué barbaridad!.
-¡ Ah!, que quieres entrar.
- Pero no puedes, la ventana está
cerrada.
- ¡Ya!, ¿quieres que la
abra?
- ¿No?, ¿entonces?.
¡Que locura!
- ¡Ah, que tengo mucha cara!, ya, por
que estoy calentita aquí adentro.
- ¡Zas!, sonó un golpe seco de trapo.
- Trataba de decirte pedazo de tonta,
que te quitaras de la ventana. Alguien detrás de ti te amenazaba, pero como te
crees tan inteligente...
¡Ya ves, yo estoy mojada, pero viva y
tú estás calentita, pero muerta!
- Aunque no sé de que me alegro.
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