Recuerdo que la puerta del corredor
siempre estaba cerrada con un pestillo de madera. No nos dejaban salir solos,
por que no alcanzábamos a la barandilla y si cogíamos una silla y nos
asomábamos podíamos saltar como un saltamontes
y caer de bruces al frío y sucio empedrado que hay entre la cuadra de
los cerdos y el gallinero, para disgusto de todos. Para evitar esto, el abuelo
nos hizo un furaco (hueco)en la baranda por donde sacar la cabeza y ver a todo
el que pasaba. Por aquél furaco un día mi hermano se enganchó el melón que
tenía por cabeza y entre llantos por su parte y risas por la mía, a mi madre le
costó desastascarle. La casa de los abuelos era muy especial para mi. Escondida
entre prados y rodeada de montañas en una aldea Asturiana. El camino de
casa seguía hasta el río pero no lo utilizábamos por que nos gustaba bajar rodando y tirarnos de golpe contra las
balas de hierba amontonadas para los animales, ganándonos la bronca del tío que
acababa de levantarlas. La tarde que tocaba ir a segar era todo un lujo.
Subíamos en el tractor por que la cuesta de casa era muy empinada y nos
cansábamos. La verdad es que le echábamos cuento por que en el tractor subíamos
dando tumbos y eso nos gustaba. Mientras papá y mamá ayudaban a segar, nosotros
merendábamos el pan de la abuela recién horneado, con queso y membrillo.
Disfrutaba hasta Trosky.
Trosky era el perro del abuelo, fiero,
color canela, siempre enseñaba los dientes, infundía miedo y respeto. A veces
el abuelo tenía algún rifi rafe con algún vecino por el perro, pero nada serio.
A nosotros nos gustaba y él nos protegía. La tarde de la siega merendábamos en
el tractor y Trosky a nuestro lado. Por si se caía algo. Al volver, el cachito
que me había dejado para saborearlo bien, encima de la capota del tractor,
había desaparecido. Mi hermano comía el suyo, asi que, el único culpable y
además le pillé relamiéndose, era Trosky. Pocos años después, volvimos para
comprobar que Trosky ya no estaba. El abuelo nos dijo que lo había tenido que
vender, pero nosotros sabíamos que no era así. Simplemente despareció.
Desapareció de nuestras vidas pero no de nuestros corazones. Ningún otro perro
ocupó su lugar. Mi abuelo no era de demostraciones cariñosas pero aquello no lo
pudo disimular, al menos, no para nosotros. Él también lo echaba de menos.
Ahora al cabo de veinte años he
vuelto por la casa y no es ni su sombra. El árbol que crecía al lado de la cuadra,
ahora tapa la entrada y no permite el paso. Las hierbas crecen salvajes
ocultándolo todo. Las puertas de las cuadras antes cerradas y con animales,
ahora están abiertas de par en par y vacías. El gallinero está sin verja, el
tejado de la caseta donde las gallinas ponían, caído. Eso sí, el avellano, de
donde la abuela cogía el saquín de avellanas que me enviaba todos los años para
mi cumpleaños, permanece intacto en su lugar y sigue dando su fruto.
Encontramos la llave de casa pero no pudimos entrar. Por mas que mamá giraba la
llave no conseguía abrir, era como si alguien desde dentro nos impidiera el
paso. Comenzaba a atardecer y decidimos regresar. Un sentimiento inexplicable
me hizo volver la vista atrás. Desde el ventanuco de la habitación de los
abuelos, la abuela nos despedía lanzándonos besos y diciéndonos adiós con la
mano.
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