martes, 6 de mayo de 2014

LA CASA DE LOS ABUELOS




Recuerdo que la puerta del corredor siempre estaba cerrada con un pestillo de madera. No nos dejaban salir solos, por que no alcanzábamos a la barandilla y si cogíamos una silla y nos asomábamos podíamos saltar como un saltamontes  y caer de bruces al frío y sucio empedrado que hay entre la cuadra de los cerdos y el gallinero, para disgusto de todos. Para evitar esto, el abuelo nos hizo un furaco (hueco)en la baranda por donde sacar la cabeza y ver a todo el que pasaba. Por aquél furaco un día mi hermano se enganchó el melón que tenía por cabeza y entre llantos por su parte y risas por la mía, a mi madre le costó desastascarle. La casa de los abuelos era muy especial para mi. Escondida entre prados y rodeada de montañas en una aldea Asturiana. El camino de casa seguía hasta el río pero no lo utilizábamos por que nos gustaba bajar rodando y tirarnos de golpe contra las balas de hierba amontonadas para los animales, ganándonos la bronca del tío que acababa de levantarlas. La tarde que tocaba ir a segar era todo un lujo. Subíamos en el tractor por que la cuesta de casa era muy empinada y nos cansábamos. La verdad es que le echábamos cuento por que en el tractor subíamos dando tumbos y eso nos gustaba. Mientras papá y mamá ayudaban a segar, nosotros merendábamos el pan de la abuela recién horneado, con queso y membrillo. Disfrutaba hasta Trosky.
Trosky era el perro del abuelo, fiero, color canela, siempre enseñaba los dientes, infundía miedo y respeto. A veces el abuelo tenía algún rifi rafe con algún vecino por el perro, pero nada serio. A nosotros nos gustaba y él nos protegía. La tarde de la siega merendábamos en el tractor y Trosky a nuestro lado. Por si se caía algo. Al volver, el cachito que me había dejado para saborearlo bien, encima de la capota del tractor, había desaparecido. Mi hermano comía el suyo, asi que, el único culpable y además le pillé relamiéndose, era Trosky. Pocos años después, volvimos para comprobar que Trosky ya no estaba. El abuelo nos dijo que lo había tenido que vender, pero nosotros sabíamos que no era así. Simplemente despareció. Desapareció de nuestras vidas pero no de nuestros corazones. Ningún otro perro ocupó su lugar. Mi abuelo no era de demostraciones cariñosas pero aquello no lo pudo disimular, al menos, no para nosotros. Él también lo echaba de menos.
Ahora al cabo de veinte años he vuelto por la casa y no es ni su sombra. El árbol que crecía al lado de la cuadra, ahora tapa la entrada y no permite el paso. Las hierbas crecen salvajes ocultándolo todo. Las puertas de las cuadras antes cerradas y con animales, ahora están abiertas de par en par y vacías. El gallinero está sin verja, el tejado de la caseta donde las gallinas ponían, caído. Eso sí, el avellano, de donde la abuela cogía el saquín de avellanas que me enviaba todos los años para mi cumpleaños, permanece intacto en su lugar y sigue dando su fruto. Encontramos la llave de casa pero no pudimos entrar. Por mas que mamá giraba la llave no conseguía abrir, era como si alguien desde dentro nos impidiera el paso. Comenzaba a atardecer y decidimos regresar. Un sentimiento inexplicable me hizo volver la vista atrás. Desde el ventanuco de la habitación de los abuelos, la abuela nos despedía lanzándonos besos y diciéndonos adiós con la mano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario