martes, 6 de mayo de 2014

¡QUÉ RECUERDOS!





Nací en el barrio de Chamberí. Mis primeros años los pasé en Lavapiés en una de esas corralas que todavía hoy existen y que no tienen nada que ver con las de antes. Y para entonces ya despuntaba maneras. Como me encontré con un hermano a los 18 meses, que requería de cuidados tanto como yo, me ví en la necesidad de llamar la atención, mas que nada para que no se olvidaran que yo también existía. Y la mejor manera que encontré, fue levantar las losetas del terrazo que había en el corredor. Lo recorría de lado a lado y muy sibilinamente mis pequeños deditos causaban estragos. Con el consiguiente cabreo por parte de dos hermanas que vivían al pie de la escalera. Cuando mis vecinos de al lado oían la protesta salían a defenderme, y entonces ya estaba el lío armado. He de decir que mis vecinos, un matrimonio mayor sin hijos, nos habían adoptado como tales. De hecho aquello terminó como familia. Y los llegué a querer mas que a mis propios tíos. En cuanto a las hermanas, no les faltaba razón, a su edad una caída podía ser muy mala, pero yo era muy pequeña para darme cuenta. Fui creciendo pero no mejorando. Dejamos la corrala de servicio compartido y baños en barreños y nos fuimos a un piso. Aquello fue otra cosa. De 30 metros cuadrados a casi 70 y aquello nos pareció un palacio. Y todo para nosotros. No teníamos que llevar cubo con agua ni guía telefónica. Las tardes de verano eran una maravilla, mamá cosía mientras nosotros jugábamos en la terraza. Mi hermano pintaba su campo de futbol con tiza, sacaba sus chapas con la cara de los jugadores que previamente había recortado de algún cromo y pedía a mamá un garbanzo, eso era el balón.
Mi madre le decía: ¿Otro garbanzo?. -Dentro de poco recogemos la cosecha en el jardín.
Y nos disponíamos a radiarlo. Con la esperada protesta de la vecina de abajo, a la que el futbol no le gustaba pero, el mundo tampoco. Le habíamos puesto el mote de “Civila”, porque su marido era de la benemérita. Y cuando ella hablaba, su marido se cuadraba. Protestaba por todo. En aquellas tardes nunca faltaba la música, nos sabíamos todas las canciones. Y por supuesto no podía faltar la merienda, pan con chocolate, con aceite y azúcar, queso y membrillo...También salíamos a la era. Un montículo enfrente de casa con unas piedras enormes a las que subirnos y de vez en cuando hacernos un coscorrón. Nos juntábamos todos los niños del vecindario. Recuerdo al vecino del 2ºB, un niño escuálido y feo a rabiar. Había cogido la costumbre de levantarme la falda para verme las braguitas. Mal gusto no tenía el niño. Yo era la niña mas llamativa del barrio; aunque esté feo por mi parte decirlo y mi madre tejía muy bien y me hacía las braguitas, la camiseta y los calcetines de perlé. Eran una monada. Lo que no sabía mi madre era lo que picaba el tatuaje que me dejaban en la piel. Llegó el día en que me cansé de tanto levantamiento de faldas y le dí un tortazo. Su padre me vió y me cogió de la mano para llevarme delante de mi madre y recibir mi castigo. Ya. Aquí mi madre estuvo sembrada. Había visto como me levantaba la falda y así se lo hizo ver, además de decirle que no era la primera vez que lo hacía. Y que si le había dado un tortazo que se aguantara con el. Padre e hijo agacharon la cabeza y se fueron juntos a lamerse las heridas. No se le ocurrió volver a levantarme la falda. Las tardes de frío las pasábamos con mamá tirados en la alfombra leyendo cuentos. Así fuimos creciendo. No nos metíamos con nadie, tanto mi hermano como yo éramos muy tímidos, tal vez por esto nos tocaba siempre perder. Solo que un día nos cansamos y decidimos que teníamos que parar esta bola inmensa en lo que se había convertido no decir nada. Y así fue. Nos armamos de valor y el primero que cató nuestra mala leche acumulada, fue el vecino de arriba. A él como al resto les aguantamos burlas, insultos...hasta la saciedad. Aquella mañana, yo estrenaba los zapatos de gitana que mamá me había comprado. Unos zapatos de color rojo con lunares blancos y un taconcito pequeño. En vez de darme los buenos días me llamó Fermina y a mi hermano Capucheto. Nos pusieron estos motes por que éramos muy bajitos y por que había un programa para niños que presentaba Torrebruno. Ni corta ni perezosa me quité un zapato que fue a parar a su dura cabezota. Mano de santo, no volvieron a pegarnos.

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